Desde la chacra familiar de Santa Rosa, Misiones, hasta los espacios de decisión y emprendimiento rural, la historia de Elizabeth Villalba refleja el pulso de miles de mujeres campesinas que sostienen y transforman el agro paraguayo. Durante el Congreso de Mujeres Agropecuarias de la Feria San Pedro 2025, la ingeniera agrónoma compartió un testimonio íntimo y potente, marcado por el jopará, las raíces y la convicción de que el desarrollo rural florece cuando las mujeres se organizan y creen en su capacidad de liderar.
En el marco del Congreso de Mujeres Agropecuarias realizado durante la Feria Agropecuaria San Pedro 2025, la ingeniera agrónoma Elizabeth Villalba, compartió una historia que resume el pulso de la agricultura familiar campesina y el protagonismo creciente de las mujeres en el desarrollo rural. Con un discurso cercano, auténtico y marcado por el jopará, esa mezcla viva de guaraní y castellano que la identifica, Villalba trazó un recorrido vital y productivo que conecta raíces, territorio y futuro para animar a las mujeres a encontrar el impulso para progresar.
“Provengo de un lugar donde la tierra enseña más que los libros”, expresó al iniciar su disertación. Nacida en una familia campesina de Santa Rosa, Misiones, hija de agricultor y ama de casa, creció entre rubros diversificados: poroto, maíz, mandioca y, especialmente, algodón. En un contexto donde el ingreso anual debía alcanzar para sostener a siete personas, la planificación, el sacrificio y la fe eran tan importantes como la siembra misma.
La experiencia: “Trabajábamos como familia, pero no como organización”
Elizabeth recordó los desafíos históricos de la agricultura familiar: el manejo del suelo sin reposición de nutrientes, la producción estacional, el acceso limitado a mercados y la falta de precios diferenciados. A ello se sumaba la ausencia de estructuras organizativas que permitieran asistencia técnica, control de plagas o articulación institucional. “Trabajábamos como familia, pero no como organización”, subrayó, marcando una de las lecciones centrales de su experiencia: la organización es clave para el desarrollo comunitario.
Elizabeth recuerda que tras culminar el noveno grado y trabajar hasta los 16 años en la chacra, decidió salir de su hogar para continuar sus estudios. Con apoyo solidario, terminó el colegio y luego ingresó a la carrera de Agronomía en la Universidad Nacional de Asunción, comenta que el camino no fue sencillo: enfrentó prejuicios de género y dudas sobre su capacidad. “Esa carrera es de hombres”, le dijeron. Sin embargo, transformó cada límite en una oportunidad y logró recibirse como ingeniera agrónoma.
Su primer trabajo remunerado fue en una granja avícola, donde asumió responsabilidades de administración y organización productiva con más de 4.000 aves ponedoras. Allí debió romper resistencias en un entorno mayoritariamente masculino, implementando registros, control de producción y estrategias de comercialización. La experiencia le permitió consolidar una mirada integral del negocio agropecuario.
La necesaria migración
El siguiente desafío la llevó desde el sur del país hasta Canindeyú, apostando al riesgo como parte del crecimiento. Trabajó con docentes, luego en la UTCD, y comenzó a generar ingresos que invirtió en producción asociativa de piña. Hoy, junto a un equipo, gestiona más de 50.000 plantas y ya concretó dos cosechas, demostrando que el trabajo en asocio potencia resultados y reduce limitaciones individuales.
Como toda experiencia productiva, los desafíos persisten: acceso a mercados, mantenimiento de fincas, distribución de tareas y créditos. En este punto, Villalba fue enfática en su mensaje: formalizarse, salir a buscar oportunidades y confiar en la capacidad de gestión son pasos necesarios para avanzar.
Emprendimiento propio
En 2024, ese camino se consolidó con la creación de Innopar, una Empresa por Acciones Simplificadas dedicada a consultorías de desarrollo integral, formulación de proyectos, capacitaciones y provisión de herramientas. Su eje está puesto en el empoderamiento de mujeres, comunidades campesinas, jóvenes, niñas, niños y personas con discapacidad. Desde la elaboración de productos innovadores, como carne deshidratada que recupera saberes tradicionales con estándares de inocuidad, hasta el acompañamiento a comunidades indígenas en el desarrollo de miel, Innopar trabaja con un enfoque inclusivo y territorial.
Elizabeth cerró su intervención destacando sus pilares personales, su hijo y su familia, y reafirmando una visión de complementariedad entre hombres y mujeres en el agro. “Con los pies en la tierra y la mirada en el cielo”, sintetizó, dejando un mensaje que resonó en el auditorio: cuando una mujer del campo se atreve a soñar, no hay suelo que no pueda florecer.
Su historia es testimonio de que las raíces profundas, cuando se organizan y se nutren de conocimiento, pueden sostener sueños infinitos y transformar el paisaje productivo del país.



